Agenda 2030 y desarrollo sostenible en tiempos de pandemia

Desde 2015 existe un acuerdo internacional por el que los 193 países que forman parte de las Naciones Unidas se han comprometido a trabajar por la consecución de lo que se han denominado Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Con ellos se persigue fundamentalmente que, en un periodo de 15 años, hasta el 2030, se progrese en aspectos como la igualdad entre las personas, la protección del planeta o asegurar la prosperidad de las generaciones venideras. A este respecto, lo más reseñable de esta nueva Agenda, en principio, -al margen de los compromisos concretos que implica- es que parte de una redefinición de lo que significa el término “desarrollo”. Si bien esta palabra siempre ha estado asociada a lo económico, ahora también se incluyen dentro de su campo semántico cuestiones relacionadas con lo social, lo cultural y el respeto a la naturaleza, así como una relación directa con otro concepto, el de “sostenible”. En ese sentido, si un determinado progreso no se puede sostener en el tiempo, no se considera propiamente desarrollo y, por tanto, debe ser, hasta cierto punto, evitado, ya que puede suponer una falsa percepción de bienestar que, a su vez, puede derivar posteriormente en una agravación de la situación precedente. Véase, por ejemplo, la explotación de regiones como el Amazonas: la tala masiva de árboles y la construcción de oleoductos a lo largo de sus ríos puede suponer a corto plazo cuantiosos beneficios económicos para distintos sectores de la sociedad, pero eso, en el futuro, conducirá a una situación de pobreza e inhabitabilidad que sufrirán millones personas. Como se suele decir: «pan para hoy, hambre para mañana».

 

Volviendo a la Agenda 2030 y los correspondientes ODS, su importancia no sólo reside en un cambio conceptual sobre lo implica una “sociedad desarrollada”, sino que su aprobación también compromete a los Estados a la hora de tomar medidas concretas que favorezcan la consecución de estos objetivos en el plazo acordado. Pero la implementación de estas medidas no dependería única y exclusivamente de los gobiernos, sino también de la sociedad civil y de los correspondientes sectores económicos y productivos. Lo que, a su vez, conduce a la adopción de un nuevo enfoque sobre la actividad económica, productiva y las lógicas de consumo que rigen a nuestras sociedades. Desde este punto de vista, el crecimiento económico no podría venir dado de un mero incremento de la producción y del consumo, también se debería contemplar su impacto, por ejemplo, sobre el mercado laboral, las condiciones de trabajo, el medio ambiente, etc.

 

No se trataría de destruir nuestro actual modelo económico y productivo, sino de transformarlo sobre la base de un discurso que logre persuadir e interpelar a los distintos actores que forman parte de nuestra sociedad de que el “progreso” no puede entenderse a corto plazo y a costa del empobrecimiento social o del deterioro de la biodiversidad que nos rodea. A este respecto, por ejemplo, se han elaborado planes desde el Gobierno de España que explican cómo pueden contribuir las empresas de nuestro país a la estrategia de desarrollo sostenible 2030[1] y ayuntamientos como el de Valladolid están ejecutando diferentes planes vinculados a la innovación con los que se pretende, además de mejorar la competitividad de las empresas locales, garantizar un desarrollo económico del municipio que apueste por el comercio de proximidad, la soberanía alimentaria, la reducción de emisiones, el reverdecimiento del entorno urbano, el fortalecimiento del transporte público o la conversión de Valladolid en una smart city.

 

Si nos centramos en los aspectos macroeconómicos, España depende fundamentalmente de dos sectores productivos: el automovilístico y el turístico. A este respecto, el reto, ahora, en una situación de pandemia, no sería esperar a que, gracias a la vacuna y una vez alcanzada la “inmunidad de rebaño”, se pueda volver a la situación anterior. Lo que ha demostrado esta crisis es que nuestra sociedad es tremendamente frágil sin un sistema sanitario fuerte. De modo que si se quiere apostar decididamente por el “desarrollo sostenible” no se puede obviar la salud y, con ello, la investigación, el fortalecimiento de las universidades o la mejora de la educación. Todo está interrelacionado.

 

Además, con la aparición y expansión del coronavirus, se ha producido lo que el semiólogo Yuri Lotman denominó “momento explosivo”, esto es, una situación en la de domina la imprevisibilidad y la incertidumbre. En ese sentido, el futuro ya no puede ser visto como una consecuencia de la lógica social anterior, sino como un haz de posibilidades que aún están por realizarse. Cuál sea la opción que se materialice dependerá, en gran medida, de la casualidad, esto es, de la experimentación, de la creatividad y de la aportación de ideas previamente no contempladas. En el ámbito del turismo, por ejemplo, los futuros planes estratégicos, más que velar por alcanzar las condiciones que existían antes de la pandemia, deberían preguntarse cómo, en la situación actual, podría redefinirse este fenómeno y con qué criterios debería desarrollarse. Y para ello, en principio, habría que comenzar preguntándose sobre qué es un turista o cuál es el futuro turista al que queremos dirigirnos: ¿es alguien de paso? ¿es alguien que puede contemplar la posibilidad de quedarse a trabajar o desarrollar un determinado proyecto vital en alguna localidad de nuestro país? ¿es alguien que viaja solo o acompañado? ¿busca experiencias en la naturaleza o prefiere un entorno urbano? ¿qué tipo de servicios requiere además de alojamiento?

 

En función de cómo se respondan este tipo de preguntas se pueden reconfigurar planes de estas características e introducir criterios relacionados con los ODS. Por ejemplo, un modelo de turismo sostenible no sería aquél que se desarrolla sobre la base de la precariedad laboral o el deterioro medioambiental, tampoco aquél que favorece la desigualdad entre hombres y mujeres (véase el caso del turismo sexual) o que para su mantenimiento requiere de fuentes de energía no renovables o de la generación masiva de residuos. Sin ir más lejos, el Plan de Turismo Español Horizonte 2020, aprobado en 2007, se marcaba ya entre sus fines avanzar hacia la sostenibilidad, entendida ésta como la preservación y revalorización del entorno en el que se desarrolla esta actividad. Otro ejemplo más reciente es el del sector del automóvil, donde aparentemente se quiere apostar de forma más decidida por el coche eléctrico.

 

 

Ahora bien, un país comprometido con la Agenda 2030 no puede perder de vista la situación global en la que nos encontramos. No sería coherente apostar por el desarrollo sostenible a nivel local y olvidarse de la situación de empobrecimiento y subdesarrollo en la que se encuentran numerosas regiones del planeta. Este acuerdo no puede ser, otra vez, la excusa por la que los países más ricos se desentiendan de los países más desfavorecidos.

 

Uno de los objetivos esenciales de la Agenda es “No dejar a Nadie Atrás”. Es la promesa central y transformadora de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). No solo implica llegar a los más pobres de los pobres, sino que también requiere combatir la discriminación y las crecientes desigualdades dentro y entre los países, así como sus causas fundamentales.

 

Por ese motivo, para lograr alcanzar las metas que se proponen en los ODS, creemos que también se debe contar con las organizaciones de cooperación al desarrollo como un actor fundamental. Su papel no es el de realizar meras acciones caritativas, sino contribuir a que distintitas comunidades de todo el mundo sean capaces de desarrollarse de forma autónoma en el tiempo.

 

Durante esta pandemia, se ha puesto de manifiesto la necesidad de que todas nuestras políticas impulsen el principio de “No dejar a Nadie Atrás”. Es quizás en este tema donde podemos entender más claramente que para que nuestro país logre liberarse de este virus, también el resto ha de hacerlo. Y por tanto, debemos impulsar políticas públicas como las de cooperación al de desarrollo para lograr este fin.

 

Cabe mencionar aquí la situación vivida en zonas muy lejanas de nuestro país como es el caso de Iquitos, en pleno corazón de la Amazonía Peruana, pulmón del Planeta. Iquitos, ha sido junto a Manaos y Guayaquil una de las zonas mundiales donde el Covid-19 ha impactado más profundamente, con datos de seroprevalencia en la primera ola, próximos al 90% (frente al 5% de nuestro país). Todos podemos entender que las condiciones de partida de los sistemas sanitarios y de protección social en estos lugares del mundo eran bastante inferiores al nuestro y que la pandemia no ha hecho sino volar por los aires los ya debilitados sistemas de salud de estos lugares.

 

En Iquitos, asi como en otras zonas de la Amazonía, la debilidad del sistema sanitario ha hecho que la necesidad de oxígeno medicinal por parte de la población haya superado con creces la capacidad de producción. Se está dando la penosa circunstancia de que en el lugar del mundo que más oxigeno produce para la humanidad, su población muere porque su sanidad es incapaz de proporcionárselo.

 

La acción pública en este contexto y por diversos motivos ha sido ineficaz para atender a la población, víctima de un sistema debilitado durante décadas. En el caso concreto de Iquitos, ha sido la coordinación entre las organizaciones de cooperación al desarrollo, los misioneros de la iglesia católica y el apoyo de la política de cooperación al desarrollo de algunos países, los que han posibilitado que esta crisis sanitaria haya podido ser paliada y reducida en sus efectos sobre la población.

 

Recientemente también hemos tenido la situación en Castilla y León de dos personas que, habiendo retornado de una estancia en África, han sido los dos primeros casos de la cepa sudafricana de la Covid19 en la región.

 

Ambos son ejemplos de que el principio de “No dejar a Nadie Atrás” es la única garantía para que para la salida de esta pandemia sea efectiva y global en línea con la Agenda 2030 y la redefinición que comentábamos inicialmente de lo que significa el término “desarrollo”.

 

 

[1] https://www.agenda2030.gob.es/recursos/docs/Consulta_empresarial_Pacto_Mundial.pdf

 

Artículo de José Carmona, Economista, y Miguel Angel Martín
Para Castilla y León Económica