Gastrodiplomacia: la cocina como poder blando

23 de septiembre 2026

La gastrodiplomacia consiste en el uso deliberado de la comida y las prácticas culinarias como instrumento de diplomacia pública y de ‘soft power’. Se basa en promover la gastronomía nacional para mejorar la reputación internacional, abrir canales culturales y, en ocasiones, impulsar el comercio y el turismo. Este término ha sido conceptualizado como una subcategoría de la diplomacia cultural, en la que estados y actores no estatales (chefs, asociaciones, industrias alimentarias) emplean recetas, eventos y narrativas culinarias para construir atracción y legitimidad fuera de las rutas diplomáticas formales.

 

Entre sus características se encuentran la combinación de iniciativas públicas y privadas, la utilización de figuras simbólicas (chefs-embajadores), la organización de eventos y ‘roadshows’, o el empleo intensivo de los medios digitales y la prensa gastronómica para amplificar mensajes. La gastrodiplomacia opera tanto a nivel de élites, mediante cenas de estado o intercambios profesionales; como de diplomacia pública amplia, a través de festivales o campañas de promoción de restaurantes en el extranjero; y suele perseguir objetivos tanto culturales como económicos.

 

Existen casos verificables que ilustran su praxis y sus resultados. Corea del Sur ha desarrollado en la última década una estrategia sistemática para internacionalizar la cocina coreana —a menudo agrupada bajo denominaciones como ‘Global Hansik’— y, paralelamente, ha registrado aumentos cuantificables en las exportaciones de productos emblemáticos como el kimchi, demostrando de esta forma cómo la promoción cultural puede traducirse en movimiento comercial en sectores concretos. Perú ofrece otro ejemplo: la visibilidad internacional impulsada por chefs como Gastón Acurio y por una articulación público-privada de la marca país ha colocado a la gastronomía peruana en el centro del turismo especializado y de una estrategia de reputación nacional, con efectos tangibles en la oferta turística y la ocupación de nichos gastronómicos.

 

En términos geopolíticos y macroeconómicos, la gastrodiplomacia puede operar como palanca de reputación capaz de facilitar flujos turísticos, demanda de exportaciones y atracción de inversión en sectores culturales y de servicios. Los efectos directos se dan en mayor gasto turístico, mayor actividad en la cadena alimentaria y creación de empleo en servicios, mientras que los efectos indirectos pueden traducirse en redes comerciales y una mejor recepción de productos nacionales.

 

No obstante, la evidencia exige cautela: la relación causal entre promoción culinaria y cambios macroeconómicos sostenibles es compleja y depende de complementariedades como infraestructura, logística y políticas agrícolas. Además, la promoción gastronómica conlleva riesgos: la simplificación cultural, la concentración de beneficios en élites urbanas y presiones sobre recursos locales pueden minar los efectos positivos si no se articulan políticas de inclusión y sostenibilidad.